Mi debut:
Yo literalmente vivo del recuerdo. Ahora, después de algunos años de inactividad y desde mi sitio actual, puedo mirar con plena serenidad mi paso por el béisbol. Sin el apasionamiento del juego, me resulta más fácil reflexionar en los sentimientos que ese deporte sembró en mí.
Me veo en la noche de mi debut, con todas esas luces deslumbrantes, con toda esa gente colmando las tribunas y ese ruido ensordecedor como zumbido de abejas que tanto extraño ahora.
Son tan vívidos mis recuerdos, que casi puedo sentir el temblor del lanzador y el sudor nervioso corriendo por sus manos. Tengo que confesar que se siente un poco de miedo. Aunque al estar en el diamante, siempre sabes para lo que estás allí, no se puede evitar esa pequeña dosis de temor.
Y luego mirar al bateador encaminarse al home, moviendo amenazadoramente el bate y clavando su rencorosa mirada en ti, es para echarse a correr. Pero no puedes huir, sabes que tienes que estar ahí, con firmeza y desafiar el peligro.
Recuerdo que esa noche el lanzador se decidió por una recta al centro del plato, después de rechazar la señal del catcher que le pedía una curva en cambio. Desde ese momento presentí que algo muy grave ocurriría y me preparé para lo peor.
El zumbido de abejas me envolvió en ese momento y ya no pude ver nada más, solamente escuché un golpe seco de madera y un alarido de incredulidad. Ahora que lo pienso bien, creo haber sentido un airecillo fresco por todo mi cuerpo antes de caer.
Como entre sueños me pareció ver que me levantaban, me marcaban el cuerpo con un número de identificación y me encerraban en una bolsa de plástico.
Desde entonces no he vuelto a ver un diamante de béisbol. Aunque al escuchar la transmisión de los partidos, en el televisor que no puedo ver porque está debajo de este mueble y ver la emoción en el rostro de mi dueño; les confieso que a pesar del batazo que recibí, me gustaría un día de estos echarme dos o tres roletazos.
Octubre 21 de 2005
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